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lunes, 16 de marzo de 2015

Declaración

Había descartado las flores, los bombones y esas cosas. Demasiado simple. Él quería que fuera mucho más espectacular que una simple cena o un fin de semana en París.
Cuándo Él le pidiese matrimonio iba a ser algo que Ella jamás olvidara. Iba a ser la envidia de sus amigas cuando, tomando un café, les contase cómo había sido.
Ni botellas de vino, ni fresas y champán, ni en lo alto de una montaña, ni cantando con una banda de mariachis. Lo que tenía en mente iba más por organizarle una performance, un juego de pistas, rodar un vídeo y proyectarlo en un cine, llevarla a un pueblo perdido de la sierra donde contrataría actores para hacer un teatro previo, hacerlo en una balsa a la deriva en medio del mar o en medio de algún telediario. Aunque todas estas ideas las había desechado ya porque, en realidad, a Ella no le gustaban mucho estas cosas.
Ella era bastante tímida, sencilla y discreta y no le gustaba sentirse protagonista de nada por lo que todo esto más que inolvidable la haría sentir bastante incómoda.
Así que la situación era que Él se estaba estrujando los sesos para buscar cómo pedirle que se casaran sin lograr nada claro y sabiendo que aunque lo consiguiera, probablemente, Ella no sólo no lo valoraría sino que podría sentirse molesta.
Él estaba dando lo mejor de sí y todo lo que iba a tener era un enfado. Porque Ella era bastante irascible. Un monumental y desagradecido cabreo. ¿Eso era lo que merecían sus desvelos? ¿Una bronca por ser demasiado extravagante a la hora de proponerle pasar el resto de su vida juntos?
De nada valdría pintarle la petición en la Gran Vía, saltar en paracaídas con un anillo desde un avión en llamas o pagar a unos tipos para que la secuestraran y poder rescatarla con una invitación a ser su esposa. Ni siquiera comprar un corazón humano en el mercado negro y mandárselo en una cajita a modo de metáfora. Ella sólo vería en ello un acto excéntrico y lo humillaría delante de todos como acostumbraba a hacer.


Cuando Ella llegó a casa Él se había marchado hacía unas horas.

jueves, 5 de marzo de 2015

Aplausos

El actor principal dijo la última palabra de la última frase de la última escena del último acto de la obra.
Ernesto, conmovido, emocionado y eufórico comenzó a aplaudir desde su butaca. Siguió aplaudiendo hasta que los actores volvieron a salir a saludar. Y continuó haciéndolo, esta vez en pie, mientras los artistas se marchaban.
La gente comenzó a salir del teatro pero Ernesto seguía tan profundamente satisfecho con el espectáculo que siguió juntando sus palmas mientras su mujer le ayudaba a ponerse el abrigo. Y no paró al salir del edificio, ni dentro del taxi, ni durante la cena con aquellos amigos de ella que a él le parecían bastante aburridos, ni en la copa que tomaron después, ni cuando estaban metidos en la cama mientras a ella se le pasaban las ganas, ni en mitad de la noche que pasó en vela a pesar de las quejas de un vecino, ni en los días siguientes en la oficina de tramitación de divorcios donde trabajaba.
Su jefe lo llamó a su despacho por las quejas que los clientes le habían hecho llegar por las ovaciones descontroladas ante matrimonios que firmaban sus defunciones. Una vez comprobó que todo era cierto, tomó medidas convirtiéndose Ernesto en la primera persona en aplaudir a rabiar su propio despido.
La noticia del desempleo, unido al continuo palmeo, agravó una situación difícil con su pareja  que acabó en una maleta hecha con prisas y un portazo al que Ernesto no pudo dejar de aplaudir.
Las noches sin dormir por el sonido no le dejaron disfrutar de una cama de uno noventa que ahora tenía para él solo. Sus ojos subrayados por el luto apenas se cerraban contemplando sus manos, rojas, ajadas, heridas y casi en carne viva por el esfuerzo. Los párpados no llegaban a tocar el suelo cuando el sonido clap-clap-clap-clap los volvía a levantar.
Pero varias semanas después, una noche, se quedó dormido mientras (aunque algo más lentamente) seguía aplaudiendo.

Cuando despertó sus brazos, agotados, yacían uno a cada lado de su torso.

martes, 24 de febrero de 2015

Por cumplir

Ella entró después. Cerró la puerta y se subió la falda.
Eran compañeros de trabajo desde hacía unas semanas, y desde el primer día el uno se había fijado en el otro. Roberto no sabía cómo había sido, pero esa mañana, tras tres o cuatro frases habían acordado verse en el cuarto de las fotocopias durante la hora de comer.
Sólo un polvo rápido. Sin compromisos. La estaba agarrando por la cintura, aproximándose, cuando supuso que aunque habían acordado verse para tener sexo, sólo sexo, no estaría de más mostrar que él no era como los demás, que él no iba sólo a “eso”. Así que mientras acariciaba su pelo le soltó un “¡Qué guapa estás hoy!” al que ella respondió con un “¿Lo dices en serio?”.
Él contestó afirmativamente, ella le advirtió que muchas veces eso se decía por decir, él le dio la razón y comentó algún otro caso de comentario gratuíto del estilo “¡Me alegro de verte!” y ella sonrió y contó una anécdota. Él se sintió cómodo y relató un encuentro de dos conocidos que se habían saludado por la calle soltando alguna frase de esas que se dicen por quedar bien. Hablaron de lo falsa que puede llegar a ser la gente, de la poca educación, de cómo ríen, de cómo comen en los bares y restaurantes, y saltaron a temas culinarios, platos favoritos, maña en la cocina, vinos preferidos, locales de moda, dónde ir luego a tomar una copa, cómo es el destilado del ron, la moda del gin tonic y el chupito que te mata.
Hablaron de la resaca, del domingo por la mañana, de madres pasando la aspiradora y subiendo la persiana, de padres, de hermanos, de hermanas, de monjas, de la Iglesia, del poder, del Tercer Mundo, del asco, de la maldad, de la bondad, ella se separó un poco al hablar de las mascotas, de los piensos para perros, de los supermercados y la disposición de los artículos, de los artículos, de los pronombres, de la gramática, las matemáticas y la ciencia.
Siguieron hablando de un actor muy bueno en una película muy mala, la última novela de un escritor mediocre, la música de un grupo de jazz que estaba empezando, de lo intratable de la programación televisiva, él se separó un poco más mientras criticaba la gestión de la televisión pública, ella no se mostró de acuerdo y condenó el último atentado terrorista en un país asiático, a él le aburrió el siguiente tema, a ella no le llamaba nada el discurso de él sobre el calentamiento global, él la escuchó distraído hablar sobre un nuevo teléfono móvil, y ella se limitó a decir cuatro palabras sobre el último escándalo de corrupción mientras se bajaba la falda.
Se miraron en silencio. Él salió primero.
Ella se preguntó si, en el fondo, no lo habían hecho porque no estaba guapa.

martes, 17 de febrero de 2015

Decepciones

El día anterior el agua rompió a hervir. Añadió los macarrones. Se ablandaron. “Al dente” pensó. Los escurrió y los sirvió en un plato. Cogió el bote de tomate y se sentó a la mesa.
Trató de abrir el bote. Varias veces. La derecha le dolía y lo intentó con la izquierda. Le dio unos golpes a la tapa y lo volvió a tantear. Probó con un trapo, con un cuchillo, lo sacudió y le dio toquecitos en la parte de abajo.
Le propinó patadas, saltó encima, lo lanzó contra la pared, le aplicó calor y luego frío. Lo atacó por sorpresa, lo intentó convencer, le dio con vaselina y decidió ponerse guapo y salir esa noche.
En el bar de luz tenue apuró un tercio de cerveza mientras miraba alrededor. Eligió, habló, bailó y sedujo al tipo (Rubén se llamaba) más fornido que encontró. No le gustaba pero se lo llevó a casa, se acostaron, le costó, siguió sin gustarle, esperó a que estuviera satisfecho, se durmió.
Amaneció y le acercó a su conquista el bote de tomate.
Rubén trató de abrirlo. Varias veces con ambas manos.
Mientras le daba golpecitos a la tapa le pidió un trapo.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Epílogo

Terminó.
Su novela estaba acabada. Había cerrado la trama principal, las subtramas, cada personaje había finalizado su particular camino y se daba una respuesta clara a cada interrogante planteado en el primer acto. Y así lo aseguraba la palabra fin.
Sin embargo, había un par de aspectos que quería desarrollar. Dos elementos sin apenas importancia sobre los que había pasado por encima, pero que quizás si los abordara darían una sensación de cierre total a la obra. Aunque, claro, eso supondría más trabajo, pero si había esperado tanto tiempo cuidando cada detalle de las mil ciento doce páginas de aquella novela, bien merecía retrasar un poco más el momento de darla por consumada.
Así que decidió incluir un epílogo.
Fue una tarde larga, solo descansó para hacer un poco de café y fumar un cigarro mirando por la ventana. Cerca de la medianoche se agarró el cuello con un gesto de dolor, pidió comida a domicilio, continuó escribiendo, recibió la cena y la manducó, continuó escribiendo, atendió (mal) una llamada de teléfono, escribió, terminó el café que quedaba en la jarra, escribió, pagó el alquiler vía la plataforma de Internet de su banco, escribió, cumplió cuarenta y tres, apagó el teléfono, ignoró el telefonillo repetidas veces, escribió, molió los últimos granos de café que tenía en la despensa, escribió, releyó lo escrito, corrigió, recibió la noticia de la muerte de su madre mientras arrancaba otra hoja del calendario, escribió, se ajustó el cinturón al que había vuelto a ganarle un agujero, se notó mareado, escribió y lo dio por finalizado.

El resultado fue un epílogo de trescientas páginas que su editor redujo a quince. 

martes, 18 de noviembre de 2014

Cita a ciegas

Entré en la cafetería.
Habíamos quedado allí a las 9.
Eran y cinco.
Tarde como siempre.
La puntualidad está tan sobrevalorada...
Habíamos acordado que yo llevaría una flor en el ojal.
Ella un clavel blanco y un ejemplar de "Los tres mosqueteros", un sombrero cloché, una bufanda a listas, gafas de sol rosa chicle, un pastor alemán, doce relojes de bolsillo, una pluma de ganso, el labio inferior sin pintar, seis guantes de lana, un joven tailandés, una radiografía de muñeca, botes de mermelada casera (un número sin determinar), un cromo de Buyo, un paquete de folios DIN-A4 y una carretilla para transportarlo todo, estaría bebiendo un café con dos terrones de azúcar y silbaría la canción "Coat of many colors" de Dolly Parton.
- Hola, siento llegar tarde - le dije.
- No esperaba a nadie - me contestó.
- Pero... usted... yo había quedado... usted silbaba la canción "Coat of many colors" de Dolly Parton...
- Lo siento, yo silbaba la versión de "Coat of many colors" que hizo Shania Twain...
La chica se levantó, recogió sus cosas y se fue.
Me había equivocado...
Al fondo de la cafetería "Coat of many colors" salía de los labios pitandos a medias de una chica con un clavel blanco, un ejemplar de "Los tres mosqueteros", un sombrero cloché...