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jueves, 5 de marzo de 2015

Aplausos

El actor principal dijo la última palabra de la última frase de la última escena del último acto de la obra.
Ernesto, conmovido, emocionado y eufórico comenzó a aplaudir desde su butaca. Siguió aplaudiendo hasta que los actores volvieron a salir a saludar. Y continuó haciéndolo, esta vez en pie, mientras los artistas se marchaban.
La gente comenzó a salir del teatro pero Ernesto seguía tan profundamente satisfecho con el espectáculo que siguió juntando sus palmas mientras su mujer le ayudaba a ponerse el abrigo. Y no paró al salir del edificio, ni dentro del taxi, ni durante la cena con aquellos amigos de ella que a él le parecían bastante aburridos, ni en la copa que tomaron después, ni cuando estaban metidos en la cama mientras a ella se le pasaban las ganas, ni en mitad de la noche que pasó en vela a pesar de las quejas de un vecino, ni en los días siguientes en la oficina de tramitación de divorcios donde trabajaba.
Su jefe lo llamó a su despacho por las quejas que los clientes le habían hecho llegar por las ovaciones descontroladas ante matrimonios que firmaban sus defunciones. Una vez comprobó que todo era cierto, tomó medidas convirtiéndose Ernesto en la primera persona en aplaudir a rabiar su propio despido.
La noticia del desempleo, unido al continuo palmeo, agravó una situación difícil con su pareja  que acabó en una maleta hecha con prisas y un portazo al que Ernesto no pudo dejar de aplaudir.
Las noches sin dormir por el sonido no le dejaron disfrutar de una cama de uno noventa que ahora tenía para él solo. Sus ojos subrayados por el luto apenas se cerraban contemplando sus manos, rojas, ajadas, heridas y casi en carne viva por el esfuerzo. Los párpados no llegaban a tocar el suelo cuando el sonido clap-clap-clap-clap los volvía a levantar.
Pero varias semanas después, una noche, se quedó dormido mientras (aunque algo más lentamente) seguía aplaudiendo.

Cuando despertó sus brazos, agotados, yacían uno a cada lado de su torso.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Parqué

El camino hasta casa le había llevado quince minutos y lo había completado pensando dónde iba a colocar aquel hermoso jarrón que le había regalado un tipo que conocía. Llegó a casa y lo puso exactamente en el lugar imaginado. Quedaba estupendamente, salvo por el trofeo de pesca que había al lado. Así que cogió el trofeo y le hizo hueco en una estantería al fondo del salón, aunque para que cupiese tuvo que quitar un portarretratos y ponerlo junto al teléfono.
Ahora era el florero próximo a la mesita del teléfono lo que desentonaba así que lo colocó en un taquillón preguntándose por qué no lo había puesto ahí antes. Y quizás se contestó cuando tuvo que mover el sofá y cambiar las cortinas por las que tenía en la habitación contigua trasladando de este modo el problema a la salita.
Movió dos mesas y cambió el tapizado del sillón que había frente a la tele que sustituyó por la que tenía en el dormitorio con el consiguiente traslado de la cama a la pared de enfrente. Desplazó el perchero y el armario, y la banqueta la llevó al baño pero como no cabía arrancó el lavabo y lo puso junto a la ventana. Donde estaba el lavabo puso el wáter y cambió los azulejos azulados por los blancos que había en la cocina, que también reformó.

Cuando terminó decidió que lo mejor era mudarse.
Vio docenas de pisos hasta que hubo uno en una buena zona, tranquila pero con vida, con todas las habitaciones exteriores, gas natural, dos cuartos de baño, el salón en el extremo contrario a la cocina con luz natural y un recibidor, ni grande ni pequeño, donde colocó el jarrón, al que golpeó con el codo, y que se hizo añicos contra un suelo que estaba pensando en cambiar por parqué.  

jueves, 27 de noviembre de 2014

Epílogo

Terminó.
Su novela estaba acabada. Había cerrado la trama principal, las subtramas, cada personaje había finalizado su particular camino y se daba una respuesta clara a cada interrogante planteado en el primer acto. Y así lo aseguraba la palabra fin.
Sin embargo, había un par de aspectos que quería desarrollar. Dos elementos sin apenas importancia sobre los que había pasado por encima, pero que quizás si los abordara darían una sensación de cierre total a la obra. Aunque, claro, eso supondría más trabajo, pero si había esperado tanto tiempo cuidando cada detalle de las mil ciento doce páginas de aquella novela, bien merecía retrasar un poco más el momento de darla por consumada.
Así que decidió incluir un epílogo.
Fue una tarde larga, solo descansó para hacer un poco de café y fumar un cigarro mirando por la ventana. Cerca de la medianoche se agarró el cuello con un gesto de dolor, pidió comida a domicilio, continuó escribiendo, recibió la cena y la manducó, continuó escribiendo, atendió (mal) una llamada de teléfono, escribió, terminó el café que quedaba en la jarra, escribió, pagó el alquiler vía la plataforma de Internet de su banco, escribió, cumplió cuarenta y tres, apagó el teléfono, ignoró el telefonillo repetidas veces, escribió, molió los últimos granos de café que tenía en la despensa, escribió, releyó lo escrito, corrigió, recibió la noticia de la muerte de su madre mientras arrancaba otra hoja del calendario, escribió, se ajustó el cinturón al que había vuelto a ganarle un agujero, se notó mareado, escribió y lo dio por finalizado.

El resultado fue un epílogo de trescientas páginas que su editor redujo a quince. 

martes, 18 de noviembre de 2014

Cita a ciegas

Entré en la cafetería.
Habíamos quedado allí a las 9.
Eran y cinco.
Tarde como siempre.
La puntualidad está tan sobrevalorada...
Habíamos acordado que yo llevaría una flor en el ojal.
Ella un clavel blanco y un ejemplar de "Los tres mosqueteros", un sombrero cloché, una bufanda a listas, gafas de sol rosa chicle, un pastor alemán, doce relojes de bolsillo, una pluma de ganso, el labio inferior sin pintar, seis guantes de lana, un joven tailandés, una radiografía de muñeca, botes de mermelada casera (un número sin determinar), un cromo de Buyo, un paquete de folios DIN-A4 y una carretilla para transportarlo todo, estaría bebiendo un café con dos terrones de azúcar y silbaría la canción "Coat of many colors" de Dolly Parton.
- Hola, siento llegar tarde - le dije.
- No esperaba a nadie - me contestó.
- Pero... usted... yo había quedado... usted silbaba la canción "Coat of many colors" de Dolly Parton...
- Lo siento, yo silbaba la versión de "Coat of many colors" que hizo Shania Twain...
La chica se levantó, recogió sus cosas y se fue.
Me había equivocado...
Al fondo de la cafetería "Coat of many colors" salía de los labios pitandos a medias de una chica con un clavel blanco, un ejemplar de "Los tres mosqueteros", un sombrero cloché...